Una canción, una antigua carta y una invitación para nuestro tiempo
Hay palabras que atraviesan los siglos sin perder su capacidad de interpelarnos. Algunas parecen haber sido escritas para circunstancias muy distintas de las nuestras y, sin embargo, cuando volvemos a encontrarnos con ellas, descubrimos que siguen hablando de nuestras preguntas, nuestros temores y nuestras posibilidades.
Eso me ocurrió con la Primera Carta de Pablo a Timoteo.
Me conmovió pensar en aquel joven que, hace casi dos mil años, recibía palabras de aliento, orientación y confianza. Pablo no le pedía que esperara a ser mayor para asumir responsabilidades. Por el contrario, lo animaba a reconocer el valor de su juventud, a ser ejemplo, a cuidar el don que había recibido, a ocuparse en la lectura y a perseverar.
Mientras recorría esos textos, pensaba en los adolescentes y jóvenes de hoy. En quienes buscan su lugar, intentan descubrir sus capacidades y construir sus proyectos, muchas veces en medio de dificultades, incertidumbres y miradas que no siempre reconocen su potencial.
¿Cuántas veces los adultos miramos a los jóvenes desde aquello que les falta, en lugar de reconocer lo que ya tienen para aportar? ¿Cuántas veces hablamos de ellos sin detenernos a escucharlos?
De esas preguntas nació Timoteo, una milonga construida a partir de pasajes de aquella carta y que forma parte de mi proyecto musical Canciones de Esperanza.
Elegí la milonga porque también me interesa que la Palabra dialogue con nuestras formas de sentir y de expresarnos. Que un texto nacido en otro tiempo y otra geografía pueda encontrarse con una música profundamente vinculada a nuestra identidad cultural.
Pero quisiera que Timoteo no se quedara solamente en una canción.
Sueño con que pueda abrir conversaciones en centros juveniles, iglesias y espacios de encuentro. Que nos permita hablar de los dones, de la confianza, de los referentes que acompañan, de las oportunidades que necesitamos construir y de la responsabilidad que tenemos los adultos de reconocer, escuchar y alentar a las nuevas generaciones.
Porque decirle a alguien «no descuides el don que hay en ti» también implica preguntarnos qué hacemos, como comunidad, para que ese don encuentre oportunidades de desarrollarse.
Tal vez esa sea una de las invitaciones más vigentes de esta antigua carta: no esperar a que los jóvenes sean el futuro para reconocer que ya tienen un lugar en el presente.
Y seguir construyendo, junto a ellos, espacios donde sus voces, sus búsquedas y sus dones sean verdaderamente valorados.
Sandra Costabel