Del 26 de julio al 2 de agosto, un grupo de adolescentes de JPC Uruguay vivió una experiencia que fue mucho más allá de entrar a una cancha. La participación en la Copa del Mundo MPC 2026, en Belo Horizonte, Brasil, se convirtió en una oportunidad de encuentro, crecimiento, compañerismo y acercamiento a Dios.

La invitación a participar de la Copa puso en marcha un proceso que comenzó mucho antes del viaje. Entrenamientos semanales, devocionales durante las prácticas, reuniones con las familias, coordinación con equipos locales e internacionales de Juventud para Cristo, recaudación de fondos y mucha oración fueron preparando el camino. Desde el comienzo hubo un propósito que atravesó toda la experiencia: anunciar a Jesucristo.

Un viaje construido entre muchos

Hacer posible esta experiencia implicó el compromiso de muchas personas. Más de 35 personas y familias de cinco países, junto a cuatro iglesias locales, se sumaron apoyando económicamente y en oración. El presupuesto del viaje se completó con aportes de donantes locales e internacionales, de las propias familias y de JPC Uruguay.

Después de aproximadamente 19 horas de viaje, el grupo llegó a Macacos, Belo Horizonte, donde fue recibido por el equipo de MPC Brasil. Allí encontraron hospitalidad, servicio, cuidado, oración y un equipo dispuesto a acompañarlos durante toda la experiencia.

Pero quizás una de las transformaciones más importantes ocurrió dentro del propio grupo.

Los 11 adolescentes llegaron con historias, personalidades, temores y expectativas diferentes. Para varios era la primera experiencia fuera del país. Lucas Cesari, uno de los adultos que acompañó el proceso, lo resume de una manera sencilla pero profunda: “fueron como individuos y volvieron como un grupo”.

Durante esos días hubo fútbol, competencia y pasión, pero también muchos otros aprendizajes: respetar al otro, controlar las emociones, pedir perdón, atravesar la frustración sin violencia, servir a los compañeros, ceder un lugar, acompañar a quien estaba lesionado, conocer otra cultura, escuchar, esperar, agradecer y hacerse preguntas acerca de Dios y de la fe.

Los propios adolescentes lo expresaron al finalizar la experiencia.

Uno de ellos definió al equipo como “triunfador”, porque aunque no salieron campeones, ganaron confianza entre ellos y se acercaron más a Dios. Otro destacó que, aun cuando perdían, se daban ánimo y salían “con la cabeza arriba”. Para otros, el grupo terminó convirtiéndose en algo parecido a una familia.

Ese sentido de pertenencia también aparece cuando recuerdan aquello por lo que están agradecidos: la posibilidad de viajar, el esfuerzo de sus familias, los educadores que los acompañaron, quienes colaboraron para que pudieran llegar a Brasil y, especialmente, los vínculos que construyeron durante esos días.

Una experiencia que también movilizó la fe

El viaje abrió además espacios para hablar, preguntar y tomar decisiones personales acerca de Dios.

Entre sus testimonios, algunos adolescentes expresaron el deseo de seguir la Palabra de Dios, conocerlo más y entregarle su corazón. Otro manifestó con mucha sinceridad que sabe que Dios existe, aunque todavía no se siente preparado para entregarle su vida. También hubo quienes decidieron continuar siendo constantes y servir en otros campamentos, buscando amar como Jesús.

Las respuestas muestran procesos diferentes, pero también algo que fue común a toda la experiencia: hubo espacio para conversar sobre la fe con libertad, hacerse preguntas y descubrir de manera concreta el amor y el servicio.

Uno de los adolescentes expresó que Dios le permitió encontrar una “familia que no es de sangre”, haciendo referencia a los educadores de JPC y a sus compañeros. Otro resumió lo vivido diciendo que Dios le regaló “esta experiencia, este viaje y estar juntos”.

En algún momento de la preparación, todos los adolescentes llegaron a pensar que viajar a Brasil era imposible. Sin embargo, el apoyo de familias, iglesias, donantes, voluntarios y equipos de JPC hizo posible que aquel proyecto se transformara en una experiencia concreta.

Por eso, detrás de cada partido jugado hubo muchas más personas formando parte de esta historia: quienes oraron, ofrendaron, organizaron, administraron, acompañaron y confiaron en estos adolescentes.

Como expresa Lucas Cesari al cerrar sus memorias del viaje: “Fuimos ‘convidados’ por Jesucristo, seguiremos ‘convidando’ con Jesucristo a otros adolescentes y jóvenes. JPC Fútbol sigue, Dios mediante”.

Desde JPC Uruguay celebramos lo vivido y agradecemos a cada persona, familia, iglesia y equipo que hizo posible esta experiencia. Porque algunas veces el fútbol abre una cancha; otras veces, abre caminos, construye vínculos y genera oportunidades para que adolescentes puedan encontrarse con otros, consigo mismos y con Jesús.